sábado, 19 de junio de 2010

La Churca

En la cumbre de uno de los cerros del asiento minero de Milpo, a unos cien metros de Staff, se encuentra una piedra muy grande, que por estar apenas colorada, le llaman La Churca. Esta piedra parece que en cualquier momento podría rodar. Dicen que es un varón adúltero, castigado por el exceso de sus amores.
Cuentan que en 1949, había llegado a las minas de Milpo un hombre joven, atractivo y seductor. Se alojaba en una chocita de la estancia de Tapa Tapa, desde donde asistía diariamente a cumplir con su tarea de obrero.
Las mujeres adolescentes fácilmente se enamoraban de él y se complacían entre los pajonales de los alrededores.
Creían que era soltero y lo encontraban sensual y apetitoso. Los padres de las humildes jovencitas, con el correr del tiempo, se dieron cuenta de la deshonra cometida por el perverso amante y juraron vengarse. Pero éste, al saberse descubierto, siguió consumando sus deleites, únicamente por las noches y en el propio lecho de sus incautas admiradoras.
Noche tras noche, el joven tramontaba la cumbre del cerro, sin que el amanecer lo sorprendiera, para esquivar  la dura crítica de los estancieros.
Llegaron los días en que padres, madres y hermanos se quejaron ante las autoridades contra aquel sujeto de mal vivir y, al no encontrar justicia, con el alma rabiosa y lágrimas en los ojos, clamaron al cielo el peor de los castigos.
No pasaron muchas semanas de los actos de dolor y abuso, cuando cierta noche de luna, el amante adúltero se demoró en el lecho de una de sus más ardientes enamoradas.
Advirtiéndose que se había demorado para el retorno a Tapa Tapa, muy ligero se despide con el presentimiento de nunca más volver.
Lamentablemente, cuando llegaba a la cumbre, lo sorprende el amanecer y ¡se convierte en churca!
Desde entonces, aquel joven se halla cautivo, convertido en piedra como castigo por el exceso de sus amores .Y la gente del pueblo dice que será liberado cuando el varón se comporte honestamente con una mujer.

La Cueva de las Calaveras

Aproximadamente a dos leguas del asiento minero de Atacocha, en el camino de herradura que lo une al Cerro de Pasco, puede verse una caverna de regulares proporciones que lleva el tétrico nombre de: «La Cueva de las Calaveras».
Para explicar el origen de tan lúgubre denominación, la siguiente tradición popular ha ido dejando, generación tras generación, el relato que hiciera el criado de tres hermanos, testigo único de un espeluznante fraticidio.
Sabido es que a mediados del siglo XVII, el Cerro de Pasco comenzó a tener un auge económico gigantesco, atrayendo a gran cantidad de aventureros conjuntamente con hombres honrados y de trabajo,. La mayoría de éstos, alcanzó notable éxito en el trabajo de extracción mineral, deseosos de seguir beneficiandose por mucho tiempo más de la plata, se instalaron con su parentela en la ciudad minera.
Una de estas familias, ricas por cierto, tenía tres hijos: cada uno peor que el otro. Estos muchachos, a la muerte de sus padres, se habían dedicado, sin medida, a dilapidar los bienes heredados a diestra y siniestra hasta quedar sin un céntimo en los bolsillos.
Quejosos de su suerte, decidieron marchar a otro lugar en busca de nueva vida y mejor porvenir. Así las cosas, un día se les vio salir del Cerro de Pasco en compañía de su fiel criado.
Cuando se hallaban muy cerca de Atacocha fueron sorprendidos por una fuerte ventisca que les obligó a buscar abrigo en la primera cueva que encontraron.
Ya dentro, viendo que la tempestad de nieve no amainaba, decidieron ponerse a jugar para matar el tiempo. El criado, a la entrada de la cueva, cuidaba de los caballos. Encendieron dos viejas lámparas mineras y las colgaron de las paredes del antro. Sobre la rocosa superficie del suelo extendieron una frazada que les serviría de tapete para el lance. Codiciosos, pronto estaban enfrascados en el torbellino de la partida.
Los dados, en sus variantes numéricas, señalaban alternadamente, la suerte de los jugadores.
Cerrada ya la noche, el hermano mayor había logrado adueñarse de las pertenencias de otros dos, quienes al no tener ya nada más que apostar, pusieron sobre el improvisado tapete, sus relucientes puñales. Era lo último que tenían. Una vez más, el ganador tuvo la suerte de su parte, y cuando estaba a punto de recoger sus ganancias, los otros dos hermanos lo atacaron a puñaladas.
El hermano mayor, con los ojos enormemente abiertos por la sorpresa del ataque, y la boca abierta en un truncado grito de protesta, cayó desangrándose inconteniblemente. Dueños ya del codiciado pozo, comenzaron el reparto; pero avarientos, ansiosos de poseer cada cual todo el caudal jugado, se enfrascaron en una agria discusión que desencadenó una brutal re-
yerta fraterna. Con los puñales en ristre, ciegos de codicia y obnubilados por la ira, fueron tasajeando uno a otro, hasta que, exahustos y cansados, ambos cayeron definitivamente abatidos.
Los tres habían muerto a puñaladas. Aterrorizado de espanto, el criado, huyó despavorido de aquel sangriento escenario. Cuando mucho tiempo después, los restos mortales fueron encontrados; en unos agujeros de las paredes de la caverna, a manera de hornacinas, fueron colocadas las calaveras de los tres hermanos, las mismas que, hasta ahora, se hallan en quel lugar.
Se asegura que, a la medianoche, se oyen desgarradores e inacabables gritos y, en las noches de luna, emergen tres espectros condenados que lloran inconsolablemente. La confesión hecha por el criado en su lecho de muerte, ha permitido que el pueblo conozca este espeluznante suceso. Ahora, nadie transita de noche por aquel lugar maldito.

La Leyenda del Pájaro Pito

Desde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, único responsable de todos sus problemas: el pito. Sus gritos se escuchan entre las sombras pero nadie contesta. El pito está muy escondido. Tiene miedo de mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos. Bueno, pero ¿Porqué ocurre esto?.. .¿Qué ha acontecido?. La historia completa es esta.
Hace muchísimos años, cuando los pájaros podían hablar por un especial permiso de Dios, el pito era un horrible pájaro gris, lúgubre y sin gracia, de desmesurado y filudo pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los pájaros se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.
Mírenme, mírenme, hermanos gritaba quejumbroso mírenme cuan horrible soy. Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillantes como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste, comenzó a llorar desconsolado. El águila que es el jefe de todos los pájaros de la tierra, muy enojado tronó ¡Estoy harto de oir al pito
¡...¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!... ¡ Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a otros la velocidad, alas poderosas y garras fuertes; a otros una voz hermosa para cantar a la vida; y a otros les ha dado una pronunciada sabiduría.
Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único vanidoso y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito... ¡Así es águila! gritaron todos los pájaros.. Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle..Tú, lechuza; tú eres muy sabia. ¿Qué dices de todo esto?...¿Hay alguna manera de ayudar al pito a que sea hermoso?. La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho y abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia. ¡ Demos al feo pito, la belleza que busca!. ¡ La belleza como la sabiduría, se puede adquirir dijo sentenciosa que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá a quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo, todos y cada uno de los tonos que se pueden envidiar... ¿Y,...nosotros? –interrumpieron apremiantes los otros pájaros. Nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguna para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?...
Bueno, todo lo que dicen, es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía... ¡Es verdad! Gritaron los pájaros.
¡Calma, calma! Volvió a decir la lechuza.
Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestro aprecio desempeñando una misión especial.
¿Qué hará?! Interrogaron los pájaros.
¡Será nuestro mensajero!. ¡¡Bravo! gritaron a voz en cuello los asambleístas.
¡ Cuando nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque. El se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo? Preguntó la lechuza.
!De acuerdo! ¡gritaron los pájaros al unísono.
¿Concluido, pito? Preguntó el águila.
¡Claro, hermano, claro! Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!.
En este momento, cada uno de los hermosos pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pajaro gris. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola de las más atractivas y finas plumas encamadas, amarillas, bermellonas, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones... Cuando concluyeron, el pito
estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes...
!Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!.
¡Oh!..¡Qué bonito soy!...!
Qué bonito soy! gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.
Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, ostentando el boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.
No había pasado mucho tiempo. Horas solamente, de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, muy pronto se arrepintió de lo hecho. El único pensamiento que lo dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de una laguna murmurando
«Qué bonito soy»...»Qué bonito soy»
Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales, negándose a contestar las llamadas.
Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el pajaro vanidoso ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras, mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando...»Qué bonito soy».. «¡Qué bonito soy!»
Así llegó el día de la asamblea. Cuando el águila llegó al lugar del concilio, no encontró a ninguno de los pájaros del mundo!. ¡A ninguno!.
Iracundo salió como una flecha por los aires y ¡pajaro que encontrara, pajaro que era castigado!.
¿Acaso no fueron convocados para la Asamblea?.
¡No, hermano águila, no...¡No sabemos, nada!!! –respondieron en coro.
Rabiosos todos los pájaros del mundo se pusieron a recriminarse mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el maldito pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:
¿Por qué el don de la palabra que les he concedido, lo usan tan mal? Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca sentenció:
¡No hablareis más!...¡ Indignos sois de este preciado don de la palabra!! Desde ese mismo instante las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que desde entonces no ha cesado.
Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
¡Tú, pito malvadado!. Serás el mensajero de la muerte. Sólo cuando veas a los hombres rodeados de la muerte, cantarás!...¡Tu vanidad será castigada severamente: Volverás a ser gris y feo como la muerte. Sólo tu sangre servirá para combatir a la parca, por eso te perseguirán. Y como siempre te has escondido, escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, vivirás hasta que la oscuridad cubra la vida!...¡En cuanto a tí lechuza, sólo de
noche podrás salir de tu escondite sólo de noche!.
Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas.

La Laguna de Yanamate

Hace muchísimos años, cuando se estaban formando los primeros pueblos de Pasco; en el gigantesco lecho que hoy ocupa la laguna de Yanamate, emergió un pueblo de gentes buenas y laboriosas, que fue ubicado en una hondonada que lo abrigaba de los rigores de los fríos cordilleranos, tenía a sus casas dispuestas, todas a la vez, de la única y prolongada calle central.
Salían de sus casas, hombres, mujeres y niños a pastar su ganado y sólo retornaban al caer el sol, alegres y felices, seguidos por el persistente ladrido de sus perros guardianes. Este empeño cotidiano de las gentes determinó un aumento notable del ganado y, a su vez, en prosperidad y tranquilidad económica. Cada año, en agradecimiento por los bienes recibidos, celebraban una fiesta en honor del Todopoderoso.
Esta fiesta fue aumentándose en días y con la continuidad, perdió su sentido religioso y se convirtió en una celebración pagana y atroz. La gente había olvidado la observancia de los mandamientos. Apareció por un extremo de la única calle del pueblo, un anciano andrajoso y pobre, cubierto de harapos y llagas. Deseando obtener el auxilio cristiano de los fiesteros, iba de casa en casa pidiendo pan y agua para saciar su hambre y su sed. Pero de cada casa a la que llegaba, era echado a empujones y con desprecio. Agobiado y confundido, el anciano estaba a punto de retirarse cuando alcanzó a ver una pequeña casucha, en cuyo interior una joven mujer atendía a sus hijos. Se acercó a esta casa y pidió la caridad de la mujer, obteniendo esta respuesta “Bien, abuelito, toma asiento, espéranos un momento y en cuanto
se desocupe nuestro único mate, te alcanzaremos de comer. Tienes que perdonarnos porque somos muy pobres, diciendo esto atendió al anciano con lo poco que tuvo, pero con gran cariño.
Cuando hubo terminado, el anciano dirigiéndose a la buena mujer le dijo: Gracias hija, tú eres la única persona en este pueblo que todavía conserva las enseñanzas que le di. Haz tenido caridad conmigo y no obstante tener un solo yana mate, has compartido tu pobreza.
En recompensa, tú te salvarás. Para ello, coge a tus hijos y vete por aquellas alturas, pero oigas lo que oigas, no darás la vuelta. Al escuchar las palabras del anciano, la mujer estremecida, recogió la poca ropa que tenía y en cumplimiento de la orden se fue llevando a sus hijos. Ya estaban por superar los cerros, cuando unas explosiones estremecedoras se oyeron a sus espaldas. Estos ensordecedores ruidos se mezclaban con desgarradores gemidos de gente y animales.
Dos veces la mujer venció la tentación de volverse pero, a la tercera, ya muy conmovida, volvió la cabeza y horrorizada vio que del cielo, como si alguien lo vaciara, gran cantidad de agua caía sobre el pueblo, inundándolo todo y al poco rato se quedó convertida en piedra.

LA LEYENDA DE COLQUIJIRCA

Se tiene por seguro que los Tinyahuarcos, aguerrida tribu pre-incaica, cuyo asentamiento y fortaleza era la estratégica elevación de Puntac- Marca, ya trabajaban la plata con relativa facilidad.
Los Tinyahuarcos, extraían la plata de las faldas del cerro ubicado frente a Puntac-Marca, que por poseer abundancia y calidad desde aquellos tiempos era conocido como Golgue plata; Jirca cerro, es decir: “el cerro de la plata”.El inca Pachacutec, gran organizador del imperio incaico, notable estadista y empeñoso conquistador, con los ejércitos imperiales al mando de su hermano Cápac Yupanqui, se dedicaba a conquistar toda la actual zona central del Perú, librando para ello, encarnizadas batallas con los Huancas, Xauxas, Tarumas, Pumpus y Yaros. Entre éstos asimilados al Tahuantinsuyo por pacíficos arreglos luego de infructuosas batallas.Ya sometido al imperio, la plata del Golguejirca sirve para la confección de vasos y utensilios ceremoniales así como adornos para aderezar las galas imperiales del Inca y la nobleza.
Golguejirca, era uno de los lugares más pródigos en la producción plata. Cuando hubo que pagar el rescate del
Inca Atahualpa, se recibió la orden de enviar a Cajamarca toda la existencia almacenada de minerales preciosos.
Golguejirca cumplió el mandato. Remitió enormes cantidades de plata, tan pura, que mente alguna pueda imaginar. Tan extraordinarios y abundantes eran los envíos, que los españoles quedaron pasmados; tanto es así que, el mismísimo Hernando Pizarro, organiza una expedición para conocer personalmente este alucinante emporio.El joven cronista, Miguel de Astete, nos dice que al llegar a esta zona de abundancia y, precisamente, en Golguejirca, encuentran a una tropa de indios conduciendo cuatrocientas arrobas de plata fina y ciento cincuenta de oro, a lomo de numerosísimas llamas, para pagar el rescate del Inca. Era el 12 de marzo de 1533.Cuando el 12 de enero de 1549, Don Pedro de la Gasca otorga la encomienda de los Yaros y Chaupihuarangas a Don Juan Tello de Sotomayor, los españoles, siguiendo el camino trazado por Miguel de Astete, llegan a la zona y comienzan a trabajar las minas del cerro de la plata. Para estar más cerca de los yacimientos que aquella vez beneficiaban a cielo abierto, van a afincarse en terrenos cercanos a un antiquísimo pueblo llamado Putaca, y allí fundan la Villa de Nuestra Señora de las Nieves de Pasco, el 5 de agosto de 1570. Desde entonces, la explotación de la plata lugareña se hace incesante.Con el paso de los años, el indígena nombre de Golguejirca, quedó transformado en el actual, pueblo minero de Colquijirca.

EL MUQUI TESTIGO EXCEPCIONAL

200 obreros fueron atrapados en minas de Animón y Huarón en Pasco, y la laguna Naticocha inunda galerías”.
La noticia recorrió el mundo. La dirigencia sindical, con un sólo clamor: “¡El rescate debe continuar! ¡Pueden estar vivos!...”
Los obreros apenados se daban fuerza y aliento. Al principio, el desconcierto quiso hacer presa de todos; el Jefe de Seguridad decía tienen que organizarse en grupos de rescate e ingresaron por diferentes galerías. La ventilación aún les permitía trabajar. Caminaban de prisa sin dejar de llamar a los sub niveles, habían recorrido todo el día, no tenían ni sed, ni hambre, hasta que abatidos pidieron descansar.
El jefe aceptó la propuesta y les dió 15 minutos para ello, mientras tanto - dijo el jefe - “yo ingresaré por otra vía para ver si hay alguna señal de vida” y se fue.
Los obreros se hallaban agotados y se pusieron a descansar, mientras conversaban, dormitaban, habían apagado todas sus luces. Un silencio inundó el lugar.
Don Andrés Ramos, que parecía descansar tratándose de acomodar buscando una mejor posición, notó el resplandor de una luz, alguien caminaba lentamente, estuvo tan cerca que lo dejó asustadizo.
Le vino de inmediato a la memoria, pensó ¡El Muqui! ¿Cómo era? tenía aditamentos mineros con la diferencia que todo era pequeño, un mameluco dorado que en cada paso relucía, llevaba unos guantes dorados, en la mano derecha portaba una lamparita muy potente, la galería permanecía como de día. Mientras tanto, los demás dormían imperturbablemente.
Don Andrés Ramos, que ya había entendido el mensaje se calmó, metió la mano al bolsillo, quiso ofrecerle coca, pero el Muqui se dio cuenta de su intención, le sonrió, estaba muy alegre. Tenía unos ojos verdes, la piel blanca, unos vellos rubicundos y finos, y una cabellera rubia, con un pequeño protector color blanco y unas pequeñas botas relucientes y rompió el silencio:
- Ven - Dijo con voz ronca y se rió a carcajadas, y se oyó el eco. Tanto fue su poder que casi al instante el minero se puso de pie, divisó de reojo y los demás seguían durmiendo.
Se acercó al pequeño hombrecillo que le tenía encantado, perplejo, no sabía que hacer. ¿Cómo explicar de la misión que cumplía?
- pensó mentalmente - “No te preocupes, le dijo el Muqui - yo sé que estaba haciendo. Te voy a explicar la suerte de tus 6 hermanos que se hallan atrapados.
Andrés le preguntó: - ¿Están vivos?- El Muqui contestó: Sí, viven. Deberían de haber bajado por los sub niveles, aquí están perdidos, los ví caminar desganados. Con el poder que tengo, les hice sentar y dormir a tus compañeros.
No te preocupes, dormirán hasta que vuelvas. Dime, señor Muqui –dijo Andrés - ¿Podrías decirme qué debemos hacer?...
Que no sentía tristeza dijo tajantemente: “A esta hora ya nada, porque como hijo del cerro Montenegro, escuché conversar, con otro cerro que no quiso identificarse, y que éstas están en conflicto las dos Empresas Mineras: Huarón y Animón por nuestras venas el uno al otro no contentamos por las toneladas de riquezas que extraen, hay que castigarlos dijo el cerro; pero, el cerro Montenegro, se negó por eso me envió a mí, llegué tarde, la ira del cerro malo agitó las aguas de Naticocha, que tomó fuerzas y buscó el desembalse y lo consiguió, porque el dique ya estuvo afectado, ingresó el agua en grandes cantidades, incalculablemente”.
-¿Llegaste hasta el lugar?- “Sí, pero ellos están atrapados. Humanamente, es imposible salir, les queda muy pocas horas de vida, el agua sigue subiendo, el aire es cada vez menor. Las baterías están descargadas, conversan en la penumbra, sus voces se van apagando, tienen esperanzas que puedan encontrarlos, tratan de abrigarse con el capote. Los cuatro están sentados”.
Te ruego en nombre de todos los trabajadores, que desde hace más de catorce horas han emprendido el rescate.
“No Andrés, ya es tarde, no creo que vivan más de dos días. Aquí no hay día, todo es noche, sólo una vez en un siglo tengo la suerte de conversar con alguien”.
El Muqui le dijo: te contaré como los encontré. Enviado por mi padre el cerro Montenegro, salí velozmente.
Ya el agua inundaba y rompía los cuadros debilitados que me impedían el paso, ví una rampa y cuatro luces subían. Me pasé para indagar por otros, no hubo nadie más, volví al lugar del inclinado, subí, los cuatro conversaban, me acerqué y les interrumpí. Se asustaron por la potencia de mi lámpara, me miraban sin decirme nada, fue cuando le pregunté. ¡Ignacio! - Sí - me contestó- Tú que tienes más antigüedad, dime - ¿alguna vez, viste un hombre como yo?- pregunté. Ignacio respondió - nunca, pero mis abuelos me contaron, me dijeron que eran buenos, mejor todavía cuando les das coca y cigarrillos.
Eso es cierto - dijo el Muqui- eso le agrada a mi padre el cerro Montenegro, él es tan bueno y él me ha enviado. ¡Román! - llamó el Muqui- todo relucía, los mamelucos parecían bañados en plata, se miraban entre ellos, habían olvidado que se hallaban atrapados, sin salida.
Sí - contestó Román – alguna vez conversaste con un hombre como yo. Todos respondieron al golpe: ¡Ninguno! dijeron Fausto y Ronald. No temas dijo el Muqui.
Tomó valor Ronald y preguntó: ¿Hay alguna forma de salir?, Sí, - contestó el Muqui- pero, no hay forma de comunicarnos. Para nosotros una hora es un día, aquí todo es de noche entera y mientras voy a comunicarles, pasarán días y el agua sigue subiendo de nivel.
Fausto se puso a llorar. Vi caer sus lágrimas, que se limpiaban con las dos palmas de sus manos, que dejaba su rostro brillando. El Muqui explicó soy hijo del cerro, dependo de mi padre, igual que ustedes dependen de
los dueños de las minas. Ellos toman las decisiones con la única diferencia que ellos no temen perder. Sólo camino por sus venas y él me siente a mí.
Estas últimas palabras dejaron en la tristeza más profunda, a los cuatro que entendían el mensaje, es decir, que
estaban ya abandonados.
El Muqui, subiendo, vio a los cuatro sentarse y resignarse. Sentían que la muerte los visitaba, que la vida se retiraba. Se helaban sus cuerpos, me animé a tocarles para avisar a sus congéneres. Los vi por última vez resistirse a morir, luchando por la vida que en ustedes es muy corta, cayeron sus lágrimas, pero, ya no me dijo nada. Entonces les dije: amigos, haré todo lo posible para avisar a sus congéneres, los vi por última vez resistirse a morir, luchando por la vida, ya casi cuando partía.
Ignacio, con su voz quebrada me dijo: Hay dos compañeros que no pudieron venir con nosotros, porque intentaron salir, quizás lo hayan logrado, bien por ellos. El mensaje para mis familiares es que luchen siempre por el bienestar de todos.
Andrés, lloraba inconteniblemente. Se había alejado del grupo que se demoró horas en buscarlo. Cuando de pronto, vieron un hombre sentado cerca del borde de un pique, - allí está Andrés-, llorando se sorprendió que
sus dos compañeros le tomaron por sus hombros, abrió sus ojos y no recordaba como había caminado tan lejos.
Miró por todas partes y el misterioso personaje no dejó ninguna señal de vida. Andrés, no contó a nadie lo sucedido hasta el 23 de octubre cuando hallaron los cadáveres, tal cual había descrito el misterioso cerro Montenegro, y recién se animó a contarlo al pueblo.

Huaricapcha

Alrededor del año 1830, los enormes pastizales de la Hacienda Paria se extendían por todos los confines de lo que es Cerro de Pasco, opulenta ciudad y capital minera del Perú.
Cuentan que por aquel tiempo, un pastor llamado Santiago Huaricapcha, había salido muy temprano conduciendo sus ovejas a pastar por aquellos verdes pastizales.
El tiempo soleado por la mañana y muy pronto se desencadenó una fuerte nevada. Huaricapcha se había alejado demasiado de la casa hacienda y se veía amenazado por la fuerte ventisca.
Para guarecerse, entró en una cueva donde esperó que la furia de la nevada sosegara. Más ésta aumentaba y pronto llegó el atardecer y la noche.
Cada vez el frío era inclemente, no obstante sus grandes manguillas, su chullo, su poncho y su grueso calzón de lana negra. Huaricapcha sentía el frío en toda su intensidad.
Para atenuar su inclemencia, encendió una fogata con el ichu que encontró en el interior de la caverna. Puso harto fuego, y cuando ya estaba algo aliviado, sacó la coca de su “huallqui” (bolsita de cuero de oveja) y comenzó a “chacchapar” (masticar coca), mientras atizaba el fuego de vez en cuando. Muy pronto se quedó dormido.
A la mañana siguiente, la claridad del día inundó la cueva, Huaricapcha quedó asombrado. De las piedras que había utilizado para hacer el soporte de la fogata, colgaban brillantes y finísimos hilos blancos.
Intrigado por aquellas formaciones, las metió en su huallqui, las llevó a Pasco y, las entregó al señor Juan José
Ugarte, quien al poco tiempo comenzó a beneficiarse de las primeras minas de plata, siendo éste el origen del mineral de Cerro de Pasco.