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sábado, 19 de junio de 2010

Huamanquito

En los albores del coloniaje en plena mitad del siglo XVI, entre estos gambusinos coloniales, había un noble caído en desgracia que, no obstante su natural codicia, estaba animado de muy buena voluntad y comprensión para con los que trataba. Este aventurero entrado en años, era don Nicolás de Negreiros de Antolínez. A él le había correspondido, en propiedad, la amplia zona donde actualmente se halla asentado el asiento minero de Atacocha.
Poseedor de un filón verdaderamente fabuloso, el noble ibérico comenzó a explotarlo con extraordinario denuedo. Quería atesorar significativas sumas que le permitieran retornar triunfante a su península a holgar por el resto de sus días. Tanta fue la dedicación y el esfuerzo que puso en la dura tarea que, muchas veces, ilusionado por la perspectiva de los caudales, olvidaba hasta de alimentarse.
Tanto fue el esfuerzo desplegado, alargando el trabajo y acortando los descansos, que cayó gravemente enfermo.
Sus carnes mustias y flácidas era un magro envoltorio de sus huesos descalcificados.
En este estado de extrema postración y agotamiento, la muerte muy fácilmente, se hubiera cebado de su osamenta de no contar on el atinado y diligente auxilio de un indiecito de la zona:
Huamanquito, caritativo como ninguno, fue a buscar el auxilio de su gente para atender al moribundo. Pronto acudieron en su ayuda brujos y curanderos premunidos de sus pócimas, emplastos, bebedizos y oraciones.
Alimentado como nadie con la variada potajería serrana, poco a poco, Negreiros fue recobrando fuerzas y vitalidad.
En tanto la curación daba frutos efectivos, en el silencio de sus vigilias, Negreiros comenzó a meditar acerca del objeto de su vida. Viejo como estaba, comprendió que su existencia había sido inútil, egoísta y vacía. En una pasmosa mescolanza, sólo encontraba vanidad, codicia, lujuria, envidia, pereza, gula y muchos pecados más. Es decir había usufructuado la
existencia que Dios le había dado sin ofrecer nada en recompensa.
Es entonces que decide rehacer su vida. Buscaría la felicidad por el camino del amor y la humildad y, los años que le quedaban, quería dedicarlos al servicio de los demás.
Con la paz aposentada en su alma y con las fuerzas reanimándole los pulsos, se dedicó a enseñar con mucho amor todo lo que juzgaba conveniente. Su alumno: Huamanquito. Inacabables y vividas lecciones de la doctrina cristiana, la vida de los santos, hermosas narraciones, cantares y romances de la soleada tierra castellana.
Tan íntimos y nobles fueron estos cotidianos coloquios que entre ambos hombres nació un hermoso acercamiento.
El español llegó a amar con profundo cariño paternal a Huamanquito que, éste, con su nativa candorosidad, retribuía su amor filial al español. Transcurrido el tiempo, Negreiros volvió a recuperar las fuerzas, pero tanto había sido su sacrificado esfuerzo, que el corazón le quedó resentido.
Así las cosas, el español decidió el pronto retorno a su patria. Antes de partir y sin que nadie más lo advirtiera, llevó a Huamanquito a una mina ubicada en las estribaciones rocosas de difícil acceso. El indiecito quedó atónito en aquel lugar. No sólo encontraron una alucinante y gigantesca veta de fino metal, sino que, aquí y allá brillantes incrustaciones de piedras preciosas de todos los matices, hacían reverberar el antro.
«Esta mina es para tí en pago de tu bondad» le dijo Negreiros al indiecito y con un abrazo emocionado partió para nunca más volver.
Ya dueño de estas tierras, Huamanquito, que nunca había ambicionado nada, tuvo una revelación en sus sueños. Un hombre de gran estatura y rasgos milenarios, ataviado con magníficas galas, le conminaba a que guardara celosamente el secreto de aquellas minas, porque de no hacerlo, vendrían los bárbaros extranjeros a maltratarlos sin compasión. En cumplimiento de esta orden, Huamanquito cubrió con gigantescas piedras la entrada de la mina.

El Jaranista

Vicente Saldívar, cariñosamente conocido por Visho, era un joven cerreño muy amigo de andar en jolgorios y jaranas. Su maestría para pulsar la guitarra era muy bien apreciada en las reuniones. Solicitado por amigos y compañeros de trabajo, diariamente, al insinuarse la noche, salía acompañado de su infaltable compañera, la guitarra.
Eso sí, al asomar las primeras claridades del alba, se iba a trabajar puntualmente. Pase lo que pase, nunca faltaba a su trabajo. Una de sus tantas noches de jarana, había salido muy entusiasmado para animar una fiesta a extramuros de Paragsha, en la que además del excitante trago habría una selecta profusión de elemento femenino. Estaba de plácemes.
Es así, que envolviendo su guitarra española en una talega de harina - pues nevaba copiosamente - encaminó sus pasos a aquel barrio tan cerreño y tan querido.
La jarana, como se había esperado, fue excelente. Se bailó, se comió y se bebió con gran entusiasmo. Las chicas, a cual, más alegres, hicieron que las horas parecieran muy breves.
Cumpliendo su inveterada costumbre, al aparecer los primeros rayos de luz por el Oriente, Visho volvió a guardar su guitarra en la talega y se retiró de la reunión desoyendo los reclamos y súplicas de sus contertulios. Al salir de la casa fiestera, advirtió que la nieve caída durante la noche había sido tan copiosa que, borrando los caminos de la zona, la hacía
parecer territorio de un extraño y blanco planeta. Sin embargo, guiado por su instinto, emprendió el regreso a su casa. Los pies al hundírsele en la nieve dificultaba su avance, sin embargo, alentado por su buen humor y mantenido por los humos de los tragos, siguió adelante entonando una melodía lugareña.
Ya había logrado avanzar un buen trecho y, a la altura de «Cruz Verde», barrio de su residencia, creyó oir el angustioso llanto de un niño. Oteó muy angustiado en derredor y no pudo alcanzar a ver nada. Sólo la tersura de la nieve invicta señalaba el horizonte. Alarmado siguió avanzando muy intrigado y atento, cuando nuevamente alcanzó a oir el desgarrador llanto de la criatura. Esta vez sí vió un envoltorio cubierto de bayetas y jerga de donde partía el llanto del recién nacido. Con el corazón estremecido de pena, juzgando malamente a los padres que habían abandonado a aquella criatura en tanto frío y soledad, alzó en sus brazos al niño que al instante dejó de llorar. Para poder transportarlo más cómodamente se puso la guitarra en bandolera como si fuera una escopeta y siguió avanzando trabajosamente pero con la íntima felicidad originada por su buena acción.
Con gran esfuerzo había avanzado un trecho regular cuando, una voz cavernosa y horrible, como salida de ultratumba, emergió del lugar donde presentía que estaba el niño:
¡¡Vishoooo ... ¡¡Mira mi «yente » (diente)!!!.
No cabía duda. La voz de la que él creía una criatura, era ésa, cavernosa y horrible.
Presa de un súbito terror, con las manos temblorosas, descubrió los pañales y un grito de pavor se ahogó en su garganta.
En lugar de la criatura que él sospechaba habría de encontrar, apareció un ser terrorífico y horripilante. Un rostro demoníaco y alargado, cubierto de pústulas repugnantes y ojos tumefactos y agresivos le miraban;
la boca desdentada y babeante, rodeada de negras cerdas, se abrían en una mueca horrorosa que parecía una espantosa sonrisa. Dos colmillos babeantes y fieros como de voraz reptil, le amenazaban arremetedores. A punto de desmayarse, con las desfallecientes fuerzas que le quedaban, arrojó muy lejos aquel satánico envoltorio y emprendió la huida desesperada.
El joven jaranista hacía esfuerzos sobrehumanos por avanzar, mientras que a sus espaldas, una carcajada mefistofélica hacía estremecer las soledades.
Fuera de sí, perseguido por aquella risotada infernal, Visho fue progresando luchando con la nieve hasta que las fuerzas le abandonaron a la puerta de una mina en laboreo.
Cuando lo encontraron los mineros que acudían a su labor, estaba con los ojos desorbitados
y la boca babeante de espuma ya sin sentido. Conmiserativos lo reanimaron y el jaranista contó en detalle lo que le había sucedido.
Los mineros, intrigados, fueron al lugar señalado y, sobre la igualdad de la nieve todavía no hollada, donde los pasos del jaranista se notaba ostensiblemente, se veía con gran claridad
también, una gran cantidad de huellas dejadas por un par de patas de cabra. Alarmados, siguieron los rastros sobrehumanos por un largo trecho hasta que éstas se perdieron a la entrada de una mina. Aterrorizados se santiguaron juzgando que aquella aparición había sido la del demonio en persona.
Demás está decir que, desde aquella fecha, Visho dejó la guitarra y no quiso saber de las jaranas.

El Condenado de Mito

Había llegado el propicio y luminoso mes de mayo a la aldea chaupihuaranguina de Mito. Su gente; hombres, mujeres y niños, se aprestaban a iniciar la comunal tarea del barbecho para el sembrado de las papas. Premunidos de las herramientas correspondientes, iban entusiasmados, guiando a sus animales con dirección a Osgopampa.
Ya estaban para llegar a su destino, cuando sorpresivamente, un silbido agudo y penetrante, quebró la dulce calma de la mañana. En ese momento los bueyes se detuvieron como paralizados por una fuerza desconocida y poderosa; alzaban la cabeza emitiendo aterrorizados resoplidos y se encabritaban enojados; los perros con los rabos entre las piernas, emitían tétricos aullidos que dejaban entrever el terror cerval que sentían; los pájaros del lugar, se alejaron en bandadas, raudos, muy lejos del paraje.
¿Qué ha sido eso?-preguntó una mujer casi sin aliento. Es el silbo del condenado! -contestó
el más viejo de todos Un silencio sobrecogedor paralizó a los caminantes que se miraban, unos a otros, con el terror reflejado en sus rostros.
No había pasado mucho tiempo, cuando nuevamente el chiflido demoníaco, más penetrante
y cercano, hizo encabritar a los bueyes y gemir a los perros que, instintivamente, buscaban la cercanía de sus amos.
Guiados por el viejo campesino, las gentes huyeron despavoridas hasta llegar a Chiwanwayoc, en donde, con estupor, diéronse cuenta que el malvado condenado, había acortado la distancia hasta acercárseles peligrosamente.
Aterrados, los hombres, llevando a sus niños y mujeres, siguieron corriendo por los campos desolados.
Detrás de ellos, el condenado gritando con una voz cavernosa a través de sus labios colgantes como piltrafas.
¡Shuaycalamay! (¡Espérenme!).
Con el corazón encabritado, saliéndose por la boca y las sienes a punto de estallar, empapados en sudor y con los pies cubiertos de sangrantes ampollas, los comuneros llegaron a Hualpucará, en donde pudieron descansar por breve tiempo, ya que el condenado, a orillas del río Puyosh, trataba infructuosamente de cruzar las aguas. Aprovechando la demora del demoníaco perseguidor, los campesinos siguieron corriendo hasta llegar a Gachir. Ellos seguían confiados al conductor de aquella masa espantada, en la seguridad de que el anciano, estaba seguro de lo que hacía.
Siguieron huyendo y llegaron primero a Lupanjirca, y luego haciendo ocopio de las últimas fuerzas, arribaron a Tacuanan; de allí, al pueblo. En una demostración de gran valor y resistencia física, el anciano jefe subió al campanario de la Iglesia de donde pudo ver que el condenado ya estaba muy cerca del pueblo.
En un supremo esfuerzo, hizo repicar las campanas en un llamado apremiante para que todos los pobladores vinieran en su auxilio.
En tanto las campanas repicaban alarmadas, el condenado entraba frenético en el pueblo. No había avanzado mucho por la calle principal, cuando tres decididos y gigantescos perros lo atacaron en una lucha salvaje y sin cuartel. A cada dentellada de los rabiosos canes, las carnes putrefactas del condenado se retaceaban en jirones nauseabundos; sin embargo, el proscrito del cielo, con una saña increíble, peleaba incansable con los furiosos animales.
Entretando, todos los habitantes del pueblo se reunían a presenciar la desigual batalla:
llevaban sogas, cuchillos, azadones, hoces, garrotes.
Transcurrido un buen rato, uno de los perros cayó muerto con el cráneo destrozado por un zarpazo brutal del maligno. Más tarde, cayó otro con las mandíbulas separadas y, cuando el tercero cayó con el cuello quebrado, los hombres arrojaron de todos lados, certeros lazos, que apresaron a ese espectro hediondo, cuyas carnes estaban regadas en gran parte del cruento escenario.
En poco tiempo los hombres maniataron al condenado que protestaba iracundo pero cuyas palabras no podían entenderse porque sus labios habían caído por completo y ahora eran una visión de espanto y terror.
Con una prontitud asombrosa, los hombres acopiaron leña e hicieron una pira donde colocaron al condenado y le prendieron fuego.
Después de un buen tiempo, en que las mujeres frenéticas atizaban la hoguera,. el cuerpo del condenado quedó convertido en cenizas. — Ya no volverá -sentenció el anciano- el fuego lo ha purificado y estoy seguro que Nuestro Señor, lo habrá recibido a su lado, porque le hemos hecho pagar todos sus pecados.

La Churca

En la cumbre de uno de los cerros del asiento minero de Milpo, a unos cien metros de Staff, se encuentra una piedra muy grande, que por estar apenas colorada, le llaman La Churca. Esta piedra parece que en cualquier momento podría rodar. Dicen que es un varón adúltero, castigado por el exceso de sus amores.
Cuentan que en 1949, había llegado a las minas de Milpo un hombre joven, atractivo y seductor. Se alojaba en una chocita de la estancia de Tapa Tapa, desde donde asistía diariamente a cumplir con su tarea de obrero.
Las mujeres adolescentes fácilmente se enamoraban de él y se complacían entre los pajonales de los alrededores.
Creían que era soltero y lo encontraban sensual y apetitoso. Los padres de las humildes jovencitas, con el correr del tiempo, se dieron cuenta de la deshonra cometida por el perverso amante y juraron vengarse. Pero éste, al saberse descubierto, siguió consumando sus deleites, únicamente por las noches y en el propio lecho de sus incautas admiradoras.
Noche tras noche, el joven tramontaba la cumbre del cerro, sin que el amanecer lo sorprendiera, para esquivar  la dura crítica de los estancieros.
Llegaron los días en que padres, madres y hermanos se quejaron ante las autoridades contra aquel sujeto de mal vivir y, al no encontrar justicia, con el alma rabiosa y lágrimas en los ojos, clamaron al cielo el peor de los castigos.
No pasaron muchas semanas de los actos de dolor y abuso, cuando cierta noche de luna, el amante adúltero se demoró en el lecho de una de sus más ardientes enamoradas.
Advirtiéndose que se había demorado para el retorno a Tapa Tapa, muy ligero se despide con el presentimiento de nunca más volver.
Lamentablemente, cuando llegaba a la cumbre, lo sorprende el amanecer y ¡se convierte en churca!
Desde entonces, aquel joven se halla cautivo, convertido en piedra como castigo por el exceso de sus amores .Y la gente del pueblo dice que será liberado cuando el varón se comporte honestamente con una mujer.

La Cueva de las Calaveras

Aproximadamente a dos leguas del asiento minero de Atacocha, en el camino de herradura que lo une al Cerro de Pasco, puede verse una caverna de regulares proporciones que lleva el tétrico nombre de: «La Cueva de las Calaveras».
Para explicar el origen de tan lúgubre denominación, la siguiente tradición popular ha ido dejando, generación tras generación, el relato que hiciera el criado de tres hermanos, testigo único de un espeluznante fraticidio.
Sabido es que a mediados del siglo XVII, el Cerro de Pasco comenzó a tener un auge económico gigantesco, atrayendo a gran cantidad de aventureros conjuntamente con hombres honrados y de trabajo,. La mayoría de éstos, alcanzó notable éxito en el trabajo de extracción mineral, deseosos de seguir beneficiandose por mucho tiempo más de la plata, se instalaron con su parentela en la ciudad minera.
Una de estas familias, ricas por cierto, tenía tres hijos: cada uno peor que el otro. Estos muchachos, a la muerte de sus padres, se habían dedicado, sin medida, a dilapidar los bienes heredados a diestra y siniestra hasta quedar sin un céntimo en los bolsillos.
Quejosos de su suerte, decidieron marchar a otro lugar en busca de nueva vida y mejor porvenir. Así las cosas, un día se les vio salir del Cerro de Pasco en compañía de su fiel criado.
Cuando se hallaban muy cerca de Atacocha fueron sorprendidos por una fuerte ventisca que les obligó a buscar abrigo en la primera cueva que encontraron.
Ya dentro, viendo que la tempestad de nieve no amainaba, decidieron ponerse a jugar para matar el tiempo. El criado, a la entrada de la cueva, cuidaba de los caballos. Encendieron dos viejas lámparas mineras y las colgaron de las paredes del antro. Sobre la rocosa superficie del suelo extendieron una frazada que les serviría de tapete para el lance. Codiciosos, pronto estaban enfrascados en el torbellino de la partida.
Los dados, en sus variantes numéricas, señalaban alternadamente, la suerte de los jugadores.
Cerrada ya la noche, el hermano mayor había logrado adueñarse de las pertenencias de otros dos, quienes al no tener ya nada más que apostar, pusieron sobre el improvisado tapete, sus relucientes puñales. Era lo último que tenían. Una vez más, el ganador tuvo la suerte de su parte, y cuando estaba a punto de recoger sus ganancias, los otros dos hermanos lo atacaron a puñaladas.
El hermano mayor, con los ojos enormemente abiertos por la sorpresa del ataque, y la boca abierta en un truncado grito de protesta, cayó desangrándose inconteniblemente. Dueños ya del codiciado pozo, comenzaron el reparto; pero avarientos, ansiosos de poseer cada cual todo el caudal jugado, se enfrascaron en una agria discusión que desencadenó una brutal re-
yerta fraterna. Con los puñales en ristre, ciegos de codicia y obnubilados por la ira, fueron tasajeando uno a otro, hasta que, exahustos y cansados, ambos cayeron definitivamente abatidos.
Los tres habían muerto a puñaladas. Aterrorizado de espanto, el criado, huyó despavorido de aquel sangriento escenario. Cuando mucho tiempo después, los restos mortales fueron encontrados; en unos agujeros de las paredes de la caverna, a manera de hornacinas, fueron colocadas las calaveras de los tres hermanos, las mismas que, hasta ahora, se hallan en quel lugar.
Se asegura que, a la medianoche, se oyen desgarradores e inacabables gritos y, en las noches de luna, emergen tres espectros condenados que lloran inconsolablemente. La confesión hecha por el criado en su lecho de muerte, ha permitido que el pueblo conozca este espeluznante suceso. Ahora, nadie transita de noche por aquel lugar maldito.

La Leyenda del Pájaro Pito

Desde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, único responsable de todos sus problemas: el pito. Sus gritos se escuchan entre las sombras pero nadie contesta. El pito está muy escondido. Tiene miedo de mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos. Bueno, pero ¿Porqué ocurre esto?.. .¿Qué ha acontecido?. La historia completa es esta.
Hace muchísimos años, cuando los pájaros podían hablar por un especial permiso de Dios, el pito era un horrible pájaro gris, lúgubre y sin gracia, de desmesurado y filudo pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los pájaros se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.
Mírenme, mírenme, hermanos gritaba quejumbroso mírenme cuan horrible soy. Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillantes como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste, comenzó a llorar desconsolado. El águila que es el jefe de todos los pájaros de la tierra, muy enojado tronó ¡Estoy harto de oir al pito
¡...¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!... ¡ Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a otros la velocidad, alas poderosas y garras fuertes; a otros una voz hermosa para cantar a la vida; y a otros les ha dado una pronunciada sabiduría.
Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único vanidoso y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito... ¡Así es águila! gritaron todos los pájaros.. Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle..Tú, lechuza; tú eres muy sabia. ¿Qué dices de todo esto?...¿Hay alguna manera de ayudar al pito a que sea hermoso?. La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho y abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia. ¡ Demos al feo pito, la belleza que busca!. ¡ La belleza como la sabiduría, se puede adquirir dijo sentenciosa que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá a quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo, todos y cada uno de los tonos que se pueden envidiar... ¿Y,...nosotros? –interrumpieron apremiantes los otros pájaros. Nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguna para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?...
Bueno, todo lo que dicen, es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía... ¡Es verdad! Gritaron los pájaros.
¡Calma, calma! Volvió a decir la lechuza.
Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestro aprecio desempeñando una misión especial.
¿Qué hará?! Interrogaron los pájaros.
¡Será nuestro mensajero!. ¡¡Bravo! gritaron a voz en cuello los asambleístas.
¡ Cuando nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque. El se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo? Preguntó la lechuza.
!De acuerdo! ¡gritaron los pájaros al unísono.
¿Concluido, pito? Preguntó el águila.
¡Claro, hermano, claro! Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!.
En este momento, cada uno de los hermosos pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pajaro gris. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola de las más atractivas y finas plumas encamadas, amarillas, bermellonas, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones... Cuando concluyeron, el pito
estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes...
!Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!.
¡Oh!..¡Qué bonito soy!...!
Qué bonito soy! gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.
Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, ostentando el boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.
No había pasado mucho tiempo. Horas solamente, de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, muy pronto se arrepintió de lo hecho. El único pensamiento que lo dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de una laguna murmurando
«Qué bonito soy»...»Qué bonito soy»
Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales, negándose a contestar las llamadas.
Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el pajaro vanidoso ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras, mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando...»Qué bonito soy».. «¡Qué bonito soy!»
Así llegó el día de la asamblea. Cuando el águila llegó al lugar del concilio, no encontró a ninguno de los pájaros del mundo!. ¡A ninguno!.
Iracundo salió como una flecha por los aires y ¡pajaro que encontrara, pajaro que era castigado!.
¿Acaso no fueron convocados para la Asamblea?.
¡No, hermano águila, no...¡No sabemos, nada!!! –respondieron en coro.
Rabiosos todos los pájaros del mundo se pusieron a recriminarse mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el maldito pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:
¿Por qué el don de la palabra que les he concedido, lo usan tan mal? Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca sentenció:
¡No hablareis más!...¡ Indignos sois de este preciado don de la palabra!! Desde ese mismo instante las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que desde entonces no ha cesado.
Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
¡Tú, pito malvadado!. Serás el mensajero de la muerte. Sólo cuando veas a los hombres rodeados de la muerte, cantarás!...¡Tu vanidad será castigada severamente: Volverás a ser gris y feo como la muerte. Sólo tu sangre servirá para combatir a la parca, por eso te perseguirán. Y como siempre te has escondido, escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, vivirás hasta que la oscuridad cubra la vida!...¡En cuanto a tí lechuza, sólo de
noche podrás salir de tu escondite sólo de noche!.
Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas.

La Laguna de Yanamate

Hace muchísimos años, cuando se estaban formando los primeros pueblos de Pasco; en el gigantesco lecho que hoy ocupa la laguna de Yanamate, emergió un pueblo de gentes buenas y laboriosas, que fue ubicado en una hondonada que lo abrigaba de los rigores de los fríos cordilleranos, tenía a sus casas dispuestas, todas a la vez, de la única y prolongada calle central.
Salían de sus casas, hombres, mujeres y niños a pastar su ganado y sólo retornaban al caer el sol, alegres y felices, seguidos por el persistente ladrido de sus perros guardianes. Este empeño cotidiano de las gentes determinó un aumento notable del ganado y, a su vez, en prosperidad y tranquilidad económica. Cada año, en agradecimiento por los bienes recibidos, celebraban una fiesta en honor del Todopoderoso.
Esta fiesta fue aumentándose en días y con la continuidad, perdió su sentido religioso y se convirtió en una celebración pagana y atroz. La gente había olvidado la observancia de los mandamientos. Apareció por un extremo de la única calle del pueblo, un anciano andrajoso y pobre, cubierto de harapos y llagas. Deseando obtener el auxilio cristiano de los fiesteros, iba de casa en casa pidiendo pan y agua para saciar su hambre y su sed. Pero de cada casa a la que llegaba, era echado a empujones y con desprecio. Agobiado y confundido, el anciano estaba a punto de retirarse cuando alcanzó a ver una pequeña casucha, en cuyo interior una joven mujer atendía a sus hijos. Se acercó a esta casa y pidió la caridad de la mujer, obteniendo esta respuesta “Bien, abuelito, toma asiento, espéranos un momento y en cuanto
se desocupe nuestro único mate, te alcanzaremos de comer. Tienes que perdonarnos porque somos muy pobres, diciendo esto atendió al anciano con lo poco que tuvo, pero con gran cariño.
Cuando hubo terminado, el anciano dirigiéndose a la buena mujer le dijo: Gracias hija, tú eres la única persona en este pueblo que todavía conserva las enseñanzas que le di. Haz tenido caridad conmigo y no obstante tener un solo yana mate, has compartido tu pobreza.
En recompensa, tú te salvarás. Para ello, coge a tus hijos y vete por aquellas alturas, pero oigas lo que oigas, no darás la vuelta. Al escuchar las palabras del anciano, la mujer estremecida, recogió la poca ropa que tenía y en cumplimiento de la orden se fue llevando a sus hijos. Ya estaban por superar los cerros, cuando unas explosiones estremecedoras se oyeron a sus espaldas. Estos ensordecedores ruidos se mezclaban con desgarradores gemidos de gente y animales.
Dos veces la mujer venció la tentación de volverse pero, a la tercera, ya muy conmovida, volvió la cabeza y horrorizada vio que del cielo, como si alguien lo vaciara, gran cantidad de agua caía sobre el pueblo, inundándolo todo y al poco rato se quedó convertida en piedra.

LA LEYENDA DE COLQUIJIRCA

Se tiene por seguro que los Tinyahuarcos, aguerrida tribu pre-incaica, cuyo asentamiento y fortaleza era la estratégica elevación de Puntac- Marca, ya trabajaban la plata con relativa facilidad.
Los Tinyahuarcos, extraían la plata de las faldas del cerro ubicado frente a Puntac-Marca, que por poseer abundancia y calidad desde aquellos tiempos era conocido como Golgue plata; Jirca cerro, es decir: “el cerro de la plata”.El inca Pachacutec, gran organizador del imperio incaico, notable estadista y empeñoso conquistador, con los ejércitos imperiales al mando de su hermano Cápac Yupanqui, se dedicaba a conquistar toda la actual zona central del Perú, librando para ello, encarnizadas batallas con los Huancas, Xauxas, Tarumas, Pumpus y Yaros. Entre éstos asimilados al Tahuantinsuyo por pacíficos arreglos luego de infructuosas batallas.Ya sometido al imperio, la plata del Golguejirca sirve para la confección de vasos y utensilios ceremoniales así como adornos para aderezar las galas imperiales del Inca y la nobleza.
Golguejirca, era uno de los lugares más pródigos en la producción plata. Cuando hubo que pagar el rescate del
Inca Atahualpa, se recibió la orden de enviar a Cajamarca toda la existencia almacenada de minerales preciosos.
Golguejirca cumplió el mandato. Remitió enormes cantidades de plata, tan pura, que mente alguna pueda imaginar. Tan extraordinarios y abundantes eran los envíos, que los españoles quedaron pasmados; tanto es así que, el mismísimo Hernando Pizarro, organiza una expedición para conocer personalmente este alucinante emporio.El joven cronista, Miguel de Astete, nos dice que al llegar a esta zona de abundancia y, precisamente, en Golguejirca, encuentran a una tropa de indios conduciendo cuatrocientas arrobas de plata fina y ciento cincuenta de oro, a lomo de numerosísimas llamas, para pagar el rescate del Inca. Era el 12 de marzo de 1533.Cuando el 12 de enero de 1549, Don Pedro de la Gasca otorga la encomienda de los Yaros y Chaupihuarangas a Don Juan Tello de Sotomayor, los españoles, siguiendo el camino trazado por Miguel de Astete, llegan a la zona y comienzan a trabajar las minas del cerro de la plata. Para estar más cerca de los yacimientos que aquella vez beneficiaban a cielo abierto, van a afincarse en terrenos cercanos a un antiquísimo pueblo llamado Putaca, y allí fundan la Villa de Nuestra Señora de las Nieves de Pasco, el 5 de agosto de 1570. Desde entonces, la explotación de la plata lugareña se hace incesante.Con el paso de los años, el indígena nombre de Golguejirca, quedó transformado en el actual, pueblo minero de Colquijirca.

EL MUQUI TESTIGO EXCEPCIONAL

200 obreros fueron atrapados en minas de Animón y Huarón en Pasco, y la laguna Naticocha inunda galerías”.
La noticia recorrió el mundo. La dirigencia sindical, con un sólo clamor: “¡El rescate debe continuar! ¡Pueden estar vivos!...”
Los obreros apenados se daban fuerza y aliento. Al principio, el desconcierto quiso hacer presa de todos; el Jefe de Seguridad decía tienen que organizarse en grupos de rescate e ingresaron por diferentes galerías. La ventilación aún les permitía trabajar. Caminaban de prisa sin dejar de llamar a los sub niveles, habían recorrido todo el día, no tenían ni sed, ni hambre, hasta que abatidos pidieron descansar.
El jefe aceptó la propuesta y les dió 15 minutos para ello, mientras tanto - dijo el jefe - “yo ingresaré por otra vía para ver si hay alguna señal de vida” y se fue.
Los obreros se hallaban agotados y se pusieron a descansar, mientras conversaban, dormitaban, habían apagado todas sus luces. Un silencio inundó el lugar.
Don Andrés Ramos, que parecía descansar tratándose de acomodar buscando una mejor posición, notó el resplandor de una luz, alguien caminaba lentamente, estuvo tan cerca que lo dejó asustadizo.
Le vino de inmediato a la memoria, pensó ¡El Muqui! ¿Cómo era? tenía aditamentos mineros con la diferencia que todo era pequeño, un mameluco dorado que en cada paso relucía, llevaba unos guantes dorados, en la mano derecha portaba una lamparita muy potente, la galería permanecía como de día. Mientras tanto, los demás dormían imperturbablemente.
Don Andrés Ramos, que ya había entendido el mensaje se calmó, metió la mano al bolsillo, quiso ofrecerle coca, pero el Muqui se dio cuenta de su intención, le sonrió, estaba muy alegre. Tenía unos ojos verdes, la piel blanca, unos vellos rubicundos y finos, y una cabellera rubia, con un pequeño protector color blanco y unas pequeñas botas relucientes y rompió el silencio:
- Ven - Dijo con voz ronca y se rió a carcajadas, y se oyó el eco. Tanto fue su poder que casi al instante el minero se puso de pie, divisó de reojo y los demás seguían durmiendo.
Se acercó al pequeño hombrecillo que le tenía encantado, perplejo, no sabía que hacer. ¿Cómo explicar de la misión que cumplía?
- pensó mentalmente - “No te preocupes, le dijo el Muqui - yo sé que estaba haciendo. Te voy a explicar la suerte de tus 6 hermanos que se hallan atrapados.
Andrés le preguntó: - ¿Están vivos?- El Muqui contestó: Sí, viven. Deberían de haber bajado por los sub niveles, aquí están perdidos, los ví caminar desganados. Con el poder que tengo, les hice sentar y dormir a tus compañeros.
No te preocupes, dormirán hasta que vuelvas. Dime, señor Muqui –dijo Andrés - ¿Podrías decirme qué debemos hacer?...
Que no sentía tristeza dijo tajantemente: “A esta hora ya nada, porque como hijo del cerro Montenegro, escuché conversar, con otro cerro que no quiso identificarse, y que éstas están en conflicto las dos Empresas Mineras: Huarón y Animón por nuestras venas el uno al otro no contentamos por las toneladas de riquezas que extraen, hay que castigarlos dijo el cerro; pero, el cerro Montenegro, se negó por eso me envió a mí, llegué tarde, la ira del cerro malo agitó las aguas de Naticocha, que tomó fuerzas y buscó el desembalse y lo consiguió, porque el dique ya estuvo afectado, ingresó el agua en grandes cantidades, incalculablemente”.
-¿Llegaste hasta el lugar?- “Sí, pero ellos están atrapados. Humanamente, es imposible salir, les queda muy pocas horas de vida, el agua sigue subiendo, el aire es cada vez menor. Las baterías están descargadas, conversan en la penumbra, sus voces se van apagando, tienen esperanzas que puedan encontrarlos, tratan de abrigarse con el capote. Los cuatro están sentados”.
Te ruego en nombre de todos los trabajadores, que desde hace más de catorce horas han emprendido el rescate.
“No Andrés, ya es tarde, no creo que vivan más de dos días. Aquí no hay día, todo es noche, sólo una vez en un siglo tengo la suerte de conversar con alguien”.
El Muqui le dijo: te contaré como los encontré. Enviado por mi padre el cerro Montenegro, salí velozmente.
Ya el agua inundaba y rompía los cuadros debilitados que me impedían el paso, ví una rampa y cuatro luces subían. Me pasé para indagar por otros, no hubo nadie más, volví al lugar del inclinado, subí, los cuatro conversaban, me acerqué y les interrumpí. Se asustaron por la potencia de mi lámpara, me miraban sin decirme nada, fue cuando le pregunté. ¡Ignacio! - Sí - me contestó- Tú que tienes más antigüedad, dime - ¿alguna vez, viste un hombre como yo?- pregunté. Ignacio respondió - nunca, pero mis abuelos me contaron, me dijeron que eran buenos, mejor todavía cuando les das coca y cigarrillos.
Eso es cierto - dijo el Muqui- eso le agrada a mi padre el cerro Montenegro, él es tan bueno y él me ha enviado. ¡Román! - llamó el Muqui- todo relucía, los mamelucos parecían bañados en plata, se miraban entre ellos, habían olvidado que se hallaban atrapados, sin salida.
Sí - contestó Román – alguna vez conversaste con un hombre como yo. Todos respondieron al golpe: ¡Ninguno! dijeron Fausto y Ronald. No temas dijo el Muqui.
Tomó valor Ronald y preguntó: ¿Hay alguna forma de salir?, Sí, - contestó el Muqui- pero, no hay forma de comunicarnos. Para nosotros una hora es un día, aquí todo es de noche entera y mientras voy a comunicarles, pasarán días y el agua sigue subiendo de nivel.
Fausto se puso a llorar. Vi caer sus lágrimas, que se limpiaban con las dos palmas de sus manos, que dejaba su rostro brillando. El Muqui explicó soy hijo del cerro, dependo de mi padre, igual que ustedes dependen de
los dueños de las minas. Ellos toman las decisiones con la única diferencia que ellos no temen perder. Sólo camino por sus venas y él me siente a mí.
Estas últimas palabras dejaron en la tristeza más profunda, a los cuatro que entendían el mensaje, es decir, que
estaban ya abandonados.
El Muqui, subiendo, vio a los cuatro sentarse y resignarse. Sentían que la muerte los visitaba, que la vida se retiraba. Se helaban sus cuerpos, me animé a tocarles para avisar a sus congéneres. Los vi por última vez resistirse a morir, luchando por la vida que en ustedes es muy corta, cayeron sus lágrimas, pero, ya no me dijo nada. Entonces les dije: amigos, haré todo lo posible para avisar a sus congéneres, los vi por última vez resistirse a morir, luchando por la vida, ya casi cuando partía.
Ignacio, con su voz quebrada me dijo: Hay dos compañeros que no pudieron venir con nosotros, porque intentaron salir, quizás lo hayan logrado, bien por ellos. El mensaje para mis familiares es que luchen siempre por el bienestar de todos.
Andrés, lloraba inconteniblemente. Se había alejado del grupo que se demoró horas en buscarlo. Cuando de pronto, vieron un hombre sentado cerca del borde de un pique, - allí está Andrés-, llorando se sorprendió que
sus dos compañeros le tomaron por sus hombros, abrió sus ojos y no recordaba como había caminado tan lejos.
Miró por todas partes y el misterioso personaje no dejó ninguna señal de vida. Andrés, no contó a nadie lo sucedido hasta el 23 de octubre cuando hallaron los cadáveres, tal cual había descrito el misterioso cerro Montenegro, y recién se animó a contarlo al pueblo.

Huaricapcha

Alrededor del año 1830, los enormes pastizales de la Hacienda Paria se extendían por todos los confines de lo que es Cerro de Pasco, opulenta ciudad y capital minera del Perú.
Cuentan que por aquel tiempo, un pastor llamado Santiago Huaricapcha, había salido muy temprano conduciendo sus ovejas a pastar por aquellos verdes pastizales.
El tiempo soleado por la mañana y muy pronto se desencadenó una fuerte nevada. Huaricapcha se había alejado demasiado de la casa hacienda y se veía amenazado por la fuerte ventisca.
Para guarecerse, entró en una cueva donde esperó que la furia de la nevada sosegara. Más ésta aumentaba y pronto llegó el atardecer y la noche.
Cada vez el frío era inclemente, no obstante sus grandes manguillas, su chullo, su poncho y su grueso calzón de lana negra. Huaricapcha sentía el frío en toda su intensidad.
Para atenuar su inclemencia, encendió una fogata con el ichu que encontró en el interior de la caverna. Puso harto fuego, y cuando ya estaba algo aliviado, sacó la coca de su “huallqui” (bolsita de cuero de oveja) y comenzó a “chacchapar” (masticar coca), mientras atizaba el fuego de vez en cuando. Muy pronto se quedó dormido.
A la mañana siguiente, la claridad del día inundó la cueva, Huaricapcha quedó asombrado. De las piedras que había utilizado para hacer el soporte de la fogata, colgaban brillantes y finísimos hilos blancos.
Intrigado por aquellas formaciones, las metió en su huallqui, las llevó a Pasco y, las entregó al señor Juan José
Ugarte, quien al poco tiempo comenzó a beneficiarse de las primeras minas de plata, siendo éste el origen del mineral de Cerro de Pasco.

jueves, 24 de diciembre de 2009

En el paraje cubierto de ichu, barrido por los vientos, el pastor buscó, desde la mañana, sus ovejas. No se explicaba cómo habían desaparecido. Luego de mucho caminar llegó a una explanada (con el tiempo, allí se levantaría el Cerro de Pasco). Sorprendido por la noche y el frío, decidió descansar. Al amanecer continuaría la búsqueda. En una cueva, improvisó un lecho. Mientras chacchaba, espe¬rando el sueño, advirtió un resplandor extraño. Se aproximó a la entrada: ¡Qué hermo¬sa era la noche! El cielo, divinamente azul; la luna, encendida, redonda, inmensa, seguía su camino y todo lo bañaba de plata. El pastor quedó sumido. De pronto, un salvaje bufido volviólo a la realidad en el campo, envuelto en luna, un toro blanco, gigantesco, de ojos encendidos, estremecía con bramidos la tierra. Así estuvo cuando, de una cueva, apareció desafiante un toro naranja, enorme, brillante. Entonces, se midie¬ron, dieron rodeos, trabándose en descomunal batalla, ciegos, desesperados, el uno doblegando al otro, entre nubes de polvo y chispas arrancadas de las piedras. Hasta que exhausto el blanco huyó en estampida. Vadiando la laguna de Yanamate se hundió donde, ahora, es Colquijirca. El toro naranja quedó solo, rascaba con sus pesuñas el suelo, nervioso. De otra cueva, entonces, brotó un toro negro, atacando, descomunalmente. Al verlo, el naranja arremetió. Se embistieron sordos, enceguecidos, de pronto, el negro salió corriendo, espantado y se hundió donde, ahora, es Goyllarisquisga. El toro naranja aún estremeció la noche con un bramido vencedor y se perdió en la cueva de donde había salido. El pastor no salía del asombro. Cuando clareó, retornó a su estancia y contó lo sucedido. Meses después llegaron hombres barbados, portaban herramientas, ante la mirada impotente de los nativos.

LOS CAPACHEROS

Entre los años de 1938 y 1940 las minas de San Alberto y Santa Clara que estaban entre cincuenta y cien metros del antiguo Lourdes, donde funcionaban oficinas y talleres de la Cerro de Pasco Copper Corporation, empresa que por entonces estaba en manos de la administración norteamericana quienes explotaban casi la totalidad de las minas de Cerro de Pasco y del centro de nuestra patria.

Las minas de San Alberto y Santa Clara, habían sido cedidas en contrata a unos hermanos especializados en trabajos mineros; las minas en mención estaban ubicadas en el antiguo Yanacancha, que por efectos de la explotación a tajo abierto desapareció paulatinamente. Los contratistas para tener personal enganchaban campesinos en la quebrada del chaupihuaranga para realizar los trabajos de explotación, para esos efectos se encontraba muy poco en nuestro medio, claro que para hacer los trabajos de perforación y enmaderado había gente especializada; los hombres que venían de chaupiguaranga eran para sacar el mineral del subsuelo mediante el capacheo. Estos trabajadores venían de su lugar de origen trayendo sus alimentos que les duraba el tiempo que se quedaban a trabajar (dos a tres meses), para luego retornar a sus chacras a cumplir con sus labores agrícolas, personales y de sus otros patrones, a quienes también se debían.

La explotación de la mina consistía en trabajos a media barreta, para empezar, y, donde había buena veta hacían socavones amplios, el lugar de extracción estaba ubicada a cien metros de profundidad de la superficie; los barreteros, que así se les llamaba a los perforistas y a los que con conocimiento practico desataban los minerales flojos de la parte superior del socavón y de las paredes; utilizaban los barrenos de mano, que a fuerza de golpes de combo hacían de taladros que llegaban a medir como máximo cinco pies de largo; eran expertos en el trazo de los taladros haciendo que tuviera mayor efecto los disparos y la producción en sí. Luego les tocaba el turno a los capacheros, que al venir de sus pueblos habían traído, o en nuestro mercado compraban sus capachos que consistía en una bolsa de cuero de res con capacidad suficiente para que el hombre pudiese cargar los minerales extraídos; del mismo material solían hacer sus rodilleras y hojotas, el primero para no malograr sus pantalones al arrodillarse para cargar el material y el segundo para cubrir sus pies. En el interior de los socavones, luego de la coca, fiel acompañante suyo, empieza su labor desde las seis de la mañana en trabajo duro de idas y vueltas donde el capachero llenaba un cajón, seguro con capacidad de dos metros cúbicos o más por lo que le pagaban la suma de dos soles de entonces, este cajón lo llenaba en siete u ocho horas trabajando a todo dar e incansablemente.

El capachero en la mañana había tomado su desayuno consistente en una taza de café o té, el primero muchas veces preparado de panes totalmente quemados como el carbón; que regalaban en los hornos de panificación, ese desayuno estaba acompañado de una ración de cancha o papas sancochadas que habían traído de su pachamama. El hombre quedaba exhausto después de dos a tres horas de duro trabajo y se ponía a descansar durante diez minutos o cuarto de hora para masticar un poco de coca y recuperar fuerzas, a esta masticada el capachero lo llamaba la “mishquipada”, y luego de ello volvía a sus labores con su capacho a la espalda.
Entre subir y bajar de los socavones a la superficie, habían hecho al día una caminata de quince a veinte kilómetros aproximadamente, bajo el sol abrasador algunos días y otros bajo la lluvia persistente y el frío que cala hasta los huesos en esta nuestra tierra frígida.
Esta vida era el símbolo de una vil explotación del hombre por el hombre, porque el hombre peruano estaba cumpliendo su sino desde que, hace quinientos trece años las botas del extranjero invadieron nuestra tierra América morena y los que despectivamente nos motejaron de indios y nos trataron como bestias de carga.
Lo grave del caso era que la empresa Cerro de Pasco Copper Corporation, pagaba al contratista una cantidad superior por metro cúbico y este pagaba al campesino capachero la suma de dos soles por llenar aquel cajón de dos metros cúbicos o más. El campesino dejaba sudor, su hambre y sus pulmones hasta volverse neumoconioso en las arcas del contratista y este en las arcas del imperialismo norteamericano y de un mal recordado agiotista de nacionalidad española, quien mediante vales que expedía el contratista, entregaba al capachero, mercaderías a cuenta de sus jornales y que era descontado el día de pago. ¿Qué consumían?, coca, cigarrillos y aguardiente para disipar sus penas, por lo menos una vez a la semana, ¿y la vestimenta del obrero campesino, su mujer e hijos?. Eran totalmente andrajosos, llenos de piojos en sus cuerpos que las madres se encargaban de sacarles a los niños. Que desgracia… la vida de los obreros campesinos.

Todo no quedo en la explotación de los campesinos capacheros, sino también el contratista cayo en infortunio por confiar en un mal compadre que lo traiciono después de haber sido favorecido. Sucede que antes que llegara el compadre felón, el contratista tenia a su servicio jóvenes que entonces habían terminado su quinto año de primaria para controlar las tareas de los trabajadores y el despacho del mineral a la fundición de la Oroya.

En aquella época en la ciudad de Cerro de Pasco no se contaba con colegios de educación secundaria, pero como el compadre felón le había pedido trabajo por haber estudiado en la capital dos o tres años de secundaria, el contratista accedió, marginando a los muchachos que le habían servido con lealtad.

Este compadre por lograr un trabajo en las oficinas de la Cerro de Pasco Copper Corporation, denuncia al contratista de despachar a la oroya mineral de baja ley en perjuicio de la empresa, y los directivos de la Cerro de Pasco aceptan la felonía del ingrato compadre y le otorgan el empleo solicitado. Luego de la iniciación del juicio le quitan el trabajo al contratista y le embargan la suma de trescientos mil soles de oro, que el contratista había guardado en la caja de la empresa minera, aquella cantidad en la década del treinta o cuarenta, era seguramente una suma fabulosa, comparado con el sueldo mensual de un obrero que llegaba a la suma de cincuenta o sesenta soles.
Cuando la familia del contratista vivía en el apogeo económico, sus casas del bario de Yanacancha, que por la época no estaba considerado como distrito, todos los días estaba repleto de familiares desde el desayuno hasta altas horas de la noche que recién se retiraban. Entre los familiares se contaba desde los más cercanos hasta los compadres, ahijados y gentes que vivían del favor del contratista, en la mañana acostumbraban a comprar un canasto de panes, talvez utilizaba medio carnero diario para el almuerzo. Esta vida duro seguramente hasta los últimos meses del año mil novecientos treinta y nueve; y cuando cayo en desgracia la casa del contratista quedo desolada dejando en silencio y abandono a quien los protegiera.

Las fiestas de las cruces de mayo y de la Virgen del Rosario, ya no se celebraban más con el derroche y la algarabía con que realizaban en años anteriores; las fiestas de carnestolendas de igual manera perderían un poco de brillo, sobre todo el club Unión Hijos del Tahuantinsuyo del cual los contratistas eran sus socios protectores, club que fue fundado en el año de mil novecientos treinta y ocho; los hijos de los contratistas habían dejado de estudiar en uno de los buenos colegios de la capital de esta manera perdiendo su futuro, y de seguro su profesionalización.

El contratista juicio a la todopoderosa empresa imperialista y para sostenerla tuvo que vender sus propiedades de uno y otro lugar, Huanuco, Pasco y Lima. La esposa e hijos tuvieron que emigrar a la capital y vivir en un callejón de un solo caño de un distrito.

El fracasado contratista se había perdido en la soledad de su vida, entre tragos y desesperación había descuidado el juicio a la empresa. ¡A ella quien podía ganarle un juicio!, decían. ¡Habiendo jueces venales, abogados bien pagados y dinero a raudales!, se escuchaba.
Así dejamos estas notas de acuerdo ala explotación del minero campesino y decimos:
¡QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRRO MUERE!

Por Don Francisco Alvarado Quispe (Don Panchito